Sábado Santo

Es Sábado Santo. La Iglesia hoy permanece en silencio junto al sepulcro del Señor. Continúa contemplando el misterio de su pasión y muerte, su descenso al lugar de los muertos y espera.

Día de silencio, de dolor, de soledad y esperanza. Día de meditación.

La Iglesia acompaña a María en su soledad y confía en la palabra de Jesús: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré“. Él cumplirá su promesa.

El misterio del Sábado Santo se envuelve en el vacío de la ausencia. No hay vida si no está Él. Nos queda en el horizonte la cruz sobre el Gólgota, ya vacía, y un sepulcro cerrado, en donde yace muerto el Señor de la Vida. Misterio que confunde el entendimiento humano.

Por eso la Iglesia en este día ora sin cesar al Padre, junto a María, por todos aquellos que padecen el sin sentido del vivir; por todas las víctimas de la locura de los hombres cuando atentan contra la dignidad de la vida humana; por las víctimas de las injusticias, de la violencia, de la guerra, de la indiferencia de unos y otros… Que los cristianos hemos de luchar con ahínco por hacer de este mundo nuestro una realidad más justa, más noble y más buena. Y en este día experimentamos que la mentira siempre quiere enterrar la Verdad.

Pero vence la esperanza, porque la Iglesia experimenta en el Sábado Santo la misericordia del Señor con los pequeños, que saben esperar, porque nada tienen si no está Jesús. Y la oración común, la soledad y el vacío compartidos, se convierten en esperanza activa. María, la Madre de la Iglesia, ora con sus hijos, espera con sus hijos y esa esperanza se hace hálito de vida, para pasar la larga jornada y llegar a la noche, donde romperá la LUZ todo el poder de las tinieblas. Es Sábado Santo.

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