Estimado padre/madre:

Estimado padre/madre:
Tú tienes experiencia de invitar a la mesa y de ser invitado a la mesa. Tú sabes que no se invita a cualquiera a la mesa... Comer juntos sin saber de qué hablar y sin tener un mínimo de confianza no es un placer; es un martirio... En la mesa es importante el filete, y los adornos de la cocinera... pero más importante es “la compañía”. Como la compañía sea mala... ¡malo! Hasta se nos puede atragantar la comida. Tú que eres Madre (o padre) sabes bien qué suerte es tener unos hijos que te hayan comido bien o la “lucha” cuando los hijos son “malos comedores”. Tú sabes también que te has tenido que inventar cuentos, historias o mirar mucho al hijo cuando le dabas pecho o el biberón o la papilla... Comer exige palabra de alguien cercano, ojos de alguien a quien mirar y que te mira. La comida sola, sin palabra amiga, es poca cosa. Comer es dialogar.
Todo esto te lo digo para que entiendas lo cercano, lo humano y lo conocedor del corazón de las personas que era Jesús, el “inventor” de la Eucaristía, la comida especial de los cristianos.
En el marco de una comida de fiesta, Jesús reúne a los suyos para compartir, celebrar y hacer lo más querido para Él. En una comida de fiesta (cena, mejor dicho) hace el gesto del servicio: lavar los pies a los amigos. Y hace el gesto de dejarse comer: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. ¡Comedme! ¡Soy alimento!
Con todo esto delante ya podemos atar cabos y comenzar a decir cosas de manera más sistemática:
La Eucaristía, para los cristianos, es un signo de lo que Dios ha hecho con nosotros: lavarnos los pies y entregarse por nosotros, partirse por nosotros. Ir a la Eucaristía sin servir y sin entregarse después, no sirve.
La Eucaristía es un signo que Dios realiza con los amigos y para los amigos. Se entiende lo de Dios en la medida en que se es amigo e íntimo.
La Eucaristía no es un teatro. Hacer Eucaristía (Y no digo decir, ni escuchar, ni asistir, ni dar misa... ni otras expresiones) es meterse en el “rollo” de lo más querido de Jesús: entregarse, acogerse, descubrir todo el cariño que Él nos tiene y todo el cariño con el que podemos vivir. Cuando vamos a la Eucaristía vamos a recordar, revivir lo que Jesús hizo para que no se nos olvide y para que no dejemos de actualizarlo. Recordando nos lanzamos a hacer lo mismo que Él hizo.
La verdad es que no te tienes que llevar las manos a la cabeza... No te asustes. Lo estás haciendo ya “sin darte cuenta”.
Seguro que tú haces mucho por escuchar a tu pareja y entrar en lo que tiene la persona en su corazón, y también por escuchar a los hijos, a los amigos, a los familiares...
Seguro que tú te partes y repartes y desgastas y desvives entregando un montón de vida... Tú acabas la jornada rendida: ¡No puedo más!, dices. Y cuando no puedes más, pero tienes en el corazón un montón de cariño, la cosa pasa. Cuando no puedes más y no tienes cariño en el corazón, la cosa se hace insoportable... El mismo desgaste personal hecho con amor o sin amor varía mucho... ¿no te parece? Estas muerta por cariño, y en el fondo te sientes bien. Estás muerta sin cariño, y es todo un sin sentido.
Cuando hacemos en la comunidad cristiana la Eucaristía tratamos de que toda nuestra vida sea Eucaristía. Y cuando llevamos el pan y el vino va nuestra vida..., es nuestra vida... Y cuando comemos el Pan y el Vino bendecidos nos recordamos que nos alimentamos de la entrega de Jesús y que con nuestra entrega alimentamos a otros... Y así nuestra vida tiene sentido. La vida de Jesús tuvo sentido porque nos la entregó. Y nuestra vida tiene sentido cuando la entregamos...
Todo esto que te digo es serio, muy serio. A veces los cristianos no lo entendemos ni lo sabemos vivir, y las eucaristías se convierten en un rollazo impresionante. Dice la gente que no entiende... No entender la Eucaristía es no entender la vida cristiana..., al menos no entenderla “como Dios quiere”.
Tu hija o tu hijo van a hacer dentro de nada la Eucaristía, es decir, están en edad de entender un poquitín que lo central del mensaje de Jesús es que él vivió entregándose y que nos podemos alimentar de él para hacernos alimento de los demás... Y esto supone “jorobarse” (en vulgar) o “sacrificio, cruz” (en fino). No te entregas a los demás sin “pagar el precio de dar tu vida, algo de tu vida” a los demás... ¿Qué haces cuando comes? Masticas, trituras... ¿Qué haces cuando te das? El otro, ese hijo tuyo o hija son incansables, te mastican, te trituran, te comen..., te comen todo el tiempo y hasta la paciencia... ¿Qué más sacrificio o cruz puedes buscar? ¿Qué más vida eucarística puedes hacer? Lavando platos o haciendo la tortilla española (¡qué rica!) estás haciendo pan de eucaristía. Dando un beso al marido y a tu hija o limpiando las lágrimas de sus ojos o de su corazón... estás haciendo vino. Cuando se llevan el pan y el vino puedes decir:
Ese pan y ese vino los conozco, los he hecho yo en casa, en el trabajo... Y (¡fíjate qué bonito!) en eso que has hecho tú es donde hay presencia real de Jesús. Haciendo lo que hacías, hacías presente a Jesús y te puedes comer por eso a Jesús; te alimentas de él para seguir haciendo lo de él... ¿Un poco lío? Si lo piensas despacio, verás que no...
Yo te digo esto, y tú, con palabras de madre y de padre, se lo traduces a tus hijos... No te preocupes. Seguro que sabes hacerlo.
Conste que todo esto hay que rumiarlo un poco para entenderlo... pero como tú eres “rumiante” de cosas importantes, pues ahí quedo eso.

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